En un mar de vino
absurdo pero inquietante,
mi cielo rojo y espeso
se cerró a tu ocaso.
Océano hecho polvo en
mi memoria, melancolía
que me derrumba
haciéndome miserable.
—¡Ahora entiendo la muerte!—
teñido su blanco en vino tinto,
obligándome a olvidarte
aplastando serena-mente la sombra.
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